DE MERCHERA A PIJA

7.00

La protagonista viene al mundo en medio de La Perona, un arrabal gitano sito en Barcelona ciudad y con un estilo de vida merchero que las autoridades desalojaron en 1985. Algo antes de que ocurriera aquel suceso terminal, la  mestiza Josefa se ve vendida con trece años a un adinerado payo que pretende su cercanía física por motivos emocionales (gran parecido con su difunta hija). O sea que, en plena ebullición hormonal de la adolescencia, esta chavala vuelve a nacer en un escenario en que los deseos se hacen realidad con sólo pedirlos. Los avatares del destino la introducen en la bisexualidad y en un ambiente tope consumista. Antes de sumergirse en este escrito recomiendo aparcar la venda de la moral tradicional. Quien avisa, se caga en misa.

DE MERCHERA A PIJA

por PASQUINEL LABARTA,

ajeno al concepto racismo

1. LA PASIÓN MENEA MI ALMA 

Siempre es lo mismo pero me gusta. La porquería que rellena mi vista está viva. Las orejas de la bicha peluda vibran al ritmo de su nerviosa masticación junto a esa bolsa desgarrada al borde de la montaña de residuos. Hay tanto para devorar que el olor continuo a basura no deja de llevarla siempre unos centímetros más allá o más hacia acá. Y su cola de serpiente la persigue sin descanso. Nadie valora tu agotadora existencia pero yo sí, rata.

Mi barriada suena a flamenco muchas veces. A menudo una señora de pura raza canta su espíritu calé mientras tiende la ropa en unos alambres aguantados de cualquier forma sobre la callejuela sin asfaltar. Otras veces, animados guitarristas tocan falsetas o floreos en cualquier plazoleta o chiquero. Ahora o después, una pareja de bailaores se marcan un fandango al son de los palmeos que les pican sus amigos o cualquier rumba suena en la radio perdida en la cocina de leña de alguna vecina. Y si no, me pongo los cascos de unos guokman que mangué hace tiempo en un mercadillo y bailo flamenco con Antonio Julián, mi amante cañí imaginario al que no toco ni veo pero sé que está ahí, amándome con cariño y sin importarle una mierda que mi sangre esté mezclada con la corrompida de un preso jambo condenado a treinta años al otro lado de la reja.

Este migado de pan con pan que flota en la leche que hoy se ha ordeñado de la cabra Zita, está muy rico. Habré de agradecérselo a la abuela Doña Raimunda, quien además cocina para todos y me soporta siempre. Una pena que no me sienta. Al menos eso pareció la vez que me dijo:

-“A madre, Doña Anica la debo todo lo que soy. Cuido de ti por agradecimiento a ella, que me crió. Pero me sobras, chiquilla.” Tener quince nietos y ocho bisnietos a cargo son demasiados para repartir cariño, supongo. No me quiere porque ya no la queda amor… pobre.

Hoy he robado en el mercadillo de la Verneda, un barrio de aquí cerca, un par de sandalias y dos manteles y una radio que casi no se oye. La Sonakay, mi maestra del pillaje y hermana pequeña de mi madre Doña Felisa, quería felicitarme pero la muy bruja no se ha atrevido. Sólo ordena, nunca agradece. Si me trincan algún día, espero que el Señor Juez se apiade de mis trece años. Y no como ese idiota de Don Janko que el otro día me pilló escondiéndome bajo el abrigo y sin pagar media docena de huevos de su puesto y me gritó que soy una ladrona, tal que mi prima la Nonoka. Como si no me diera cuenta que te gusta, so tonto.

Cuando llueve, todo mi barrio La Perona en el que vivimos unos tres mil calés cada quien en su  propiedad, se convierte en un lodazal de unos dos kilómetros de punta a punta. Se trata de un poblado de barracas y de pelos revueltos, donde los gitanillos juegan con cartucheras de vaquero y pistolas de plástico y algunos mayores, con las greñas despeinadas y los pantalones acampanados, palmean y cantan con sus Doñas y siempre están alegres. Y se ven también montones de tejas rotas en el suelo y por todos lados aparecen sonrientes gitanas muy jóvenes con sus churumbeles en brazos y luego hay otras más adultas que se reúnen con los hombres alrededor de una lumbre donde arden las tablas de cualquier obra.

A primer vistazo, el barrio parece un vertedero lleno de coches abandonados y lavadoras rotas y carros con neumáticos en vez de ruedas y bidones serrados y sillas destartaladas a la entrada de las casas con cortinas en vez de puertas. Y en el tejado de una chabola alguien ha colocado una rueda de automóvil y un Don arrugado como el tronco de un árbol viejo, lleva su sombrero y un jersey gordo de cuello alto con un chaleco de tergal encima y coge una radiocaset sin tapa. En una de esas callejuelas come el Patriarca Don Tibo su plato de arroz sentado frente a una silla que usa de mesa. Y un chaval que perdió los brazos un día que pasaba cerca de una obra y quiso llevarse unos cables, te recuerda lo corto y pasajero de todo en esta vida en que los payos ven sólo lo rentable de las cosas mientras otros andan como ciegos invisibles en el mundo de las sombras, dice Don Tibo.

Los niños calés están enfadados con los payos. Aunque a muchos les cuelgan los mocos y usan ropa hecha polvo heredada de sus hermanos, les identifica el orgullo gitano y aseguran convencidos, porque así se lo han oído explicar a sus abuelas, que los jambos se limpian la cabeza con lavaplatos Mistol y por eso sus melenas son brillantes. Puede que por ese motivo yo les caiga mal, por envidia. Mi pelo resplandece como la luna entera cuando se asoma al río Besós los dos días a la semana que me lo lavo en un barreño. Jueves y Domingos, lo necesario para salir a la calle sin piojos pues dice Doña Felisa que tampoco hay que abusar. Pero es que pican un montón los bichos esos y saltan en las cabezas de la mayoría de los niños, aunque a la Loyza, que creo que la bañan sólo en Navidad y Verano, la dejan en paz pues siempre sonríe y nunca se queja ni se rasca. Es una buena persona aunque muy niña aún, siete o así.